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Roxín Roxal
(leyenda)
El tercero de los señores de Pontedeume fué Nuño Freire, recordado como un fiero hidalgo, de carácter violento, que ocultaba bajo la apereza de su mal genio, caballerescos sentimientos. Tenía varios hijos varones pero solo una hija, llamada Teresa, cuyo recuerdo es el de un ángel de dulce sonrisa y rostro melancólico. Todos los que la conocieron no pudieron menos de amarla por su bondad y admirarla por su belleza.
Don Nuño tenía un doncel a quien apreciaba mucho por su valor: era el popular y gallardo Roxín Roxal, un joven alegre y sonriente cuya simpatía ganaba enseguida el corazón de cuantos le conocían.
Pero aquel carácter abierto y gracioso del muchacho empezó a variar. Desde hacía algún tiempo ya no alternaba con sus compañeros en las diversiones y gustaba a menudo de la soledad. Le pacía especialmente retirarse a lo alto de la torre del castillo, desde donde podía contemplar la parte más bella de la Ría de Ares, donde había pasado su infancia.
Un día fue sorprendido en su soledad por la hija del Conde quien, al oirle cantar con voz melodiosa una melancólica canción, no pudo menos que detenerse. Observando su tristeza le preguntó si tenía amores en Ares, a lo cual él respondió que su corazón estaba mucho más cerca, y comprendiendo Teresa que era ella la causa de la melancolía del joven doncel bajó turbada su mirada. Ella también lo quería. Y desde aquel día los dos amantes se veían a menudo en aquel lugar. Sabían que sus sentimientos tenían que permanecer secretos y ocultaron cuidadosamente la dicha de su amor.
Pero más temprano que tarde don Nuño terminó por enterarse y, a pesar de lo que apreciaba a su doncel, decidió poner fin a un idilio que juzgaba tan desigual, e hizo elegir a su hija entre casarse con su pretendiente D. Enrique Osorio, perteneciente a una de las más ilustres familias de Galicia, y la muerte de Roxín Roxal. Ante tan cruel alternativa, Teresa capituló y a los pocos días se celebró tan sonada boda.
Para el joven doncel comenzaron a pasar largas noches de sufrimiento, enlas que durante horas y horas permanecía asomado en su ventana, contemplando la de la cámara nupcial,siempre cerrada. Hasta que una noche, Don Nuño le sorprendió en su centinela y le obligó a abandonar para siempre el castillo. La recién casada, por su pare, se sentía más sola que nunca, Su marido, que sólo sentía pasión por la caza, no demostraba el afecto que merecía y, a menudo, ella pasaba largas horas en la torre contemplando el dulce panorama que ofrece la Ría de Ares, recreándose con los más vivos recuerdos de su amor.
Algún tiempo después apareció en el país un jabalí monstruoso, que dejó para siempre memoria de sus estragos. Se organizaron cacerías y celadas que de nada sirvieron. La persecución de la fiera costaba todos los días la vida de algún hombre y el temor se fue extendiendo por toda la comarca.
Dispuesto a terminar con tan terrible animal, Don Nuño organizó una cacería en al que tomaríanparte los mejores cazadores del Reino de GAlicia y encomendó su dirección a su experto yerno. Todo estaba dispuesto y, contra lo que era costumbre, Teresa fue invitada por su marido para presenciar el gran acontecimiento. Para ello, la llevó al puente que cruza el río Lambre, poco antes de su desembocadura, pues le parecía el lugar más seguro y desde donde, como en un anfiteagro, podría divisar las laderas en las que el espectáculo iba a desarrollarse. Y como le correspondía, se quedó acompañándola, a su pesar por convertirse en mero espectador.
Pero en contra de todo lo predecible, la fiera logró atravesar el cerco y apareció, de pronto, a la entrada del puente. Don Enrique le lanzó un venablo que se clavó en el costado del jabalí y que sólo sirvió para enfurecerse más. Entonces, en vez de defender a su compañera, como era su deber, se puso a salvo tirándose al río, y la fiera se lanzó sobre la indefensa Teresa, despedazándola.
La trágica muerte de su hija fue un duro golpe que batió para siempre la altivez de Don Nuño, mientras Don Enrique, avergonzado por su cobardía y víctima del desprecio general, se retiró a su Señorío.
A los pocos días, apareció muerta la gigantesca fiera, tendida en el puente que desde entonces de llama Do Porco, en el mismo sitio que habí despedazado a Teresa. En su corazón tenía clavado el cuchillo de Roxín Roxal.
El Castillo del Hambre
Ponte-Demo